Jueves

Jueves

Enciendo el equipo antes de subir a la cubierta y descubrir si alguien ha averiguado nuestro escondite, suena mi canción favorita. Conocí a Laura en el bar que nos reúne a todos mientras la pinchaba Jorge, nuestro gurú musical, lleva currando en eso media vida y siempre tiene algo nuevo que ofrecernos, él sí que sabe, hace lo que le gusta y es el mejor.

Soltamos las mochilas y se crea un ambiente de concentración, es como si nos enfrentáramos a la tarde, cada día que vamos a esa fábrica empieza nuestra lucha, por mejorar, por deslumbrar, por adquirir un puesto de valor en nuestra reducida tribu. Estoy seguro de que sólo nosotros valoramos lo que hacemos.

Nadie da el paso y  me toca subir, aún me duele el hombro desde el sábado, no quise decir nada en casa para evitar sermones, pero me preocupa que sea serio, Venga! Me digo, y me cuelgo de la escalera oxidada. Intento parecer más ágil y fuerte de lo que el dolor me permite y llego hasta arriba.

Es como un gran solar encima de la monstruosa fábrica, el suelo está cubierto de piedras del tamaño de una pelota de golf y hay varias casetas con puertas de acceso.  Después de inspeccionar me doy cuenta de que no está. Mierda! Me la voy a cargar!

“Nos lo han quitado!!” Grito con tono de seria frustración y al segundo, todos empiezan a soltar tacos y burradas, doy gracias de que no son contra mí y me siento al borde de la cubierta con los pies colgando. Un día perdido, hoy ya no podremos practicar a tope, ese pedazo de suelo impide que nos hagamos más daño del habitual. Mientras les observo desde arriba vuelve a llamar mi curiosidad: “Hola? Me harás caso hoy?”, no tengo nada mejor en mente y la escucho.

“Eh! Subid!  Esto está chulo!  Vamos a ver si se puede entrar!”

Laura se quita la cazadora y se coloca la camiseta, se le transparenta todo,  madre mía!, es la primera en decidir que quiere subir a ver.  Me siento como un explorador, y ella me acompañará, es perfecto, dedico un instante para agradecerle al vagabundo que haya tomado prestado nuestro único tesoro .  Pronto todos arriba, somos nueve.

De repente un ladrido atronador mezclado de sollozos caninos, paramos en seco, las tres chicas gritan, nosotros aguantamos el tipo y miramos en todas direcciones, Marco tiene un pie en la escalera, dispuesto a saltar al vacío si aparece el dueño de tal sonido, pero no vemos nada. Nos quedamos paralizados en silencio unos interminables segundos y la vemos.

Caminando a toda prisa por aquella cubierta empedrada, se acerca a trompicones una chica negra, con rastas y un doverman ensangrentado atado con una correa de acero. Todos valoramos la situación, es una chica pero lleva un perro ensangrentado, que hacemos?

La miramos atónitos y nos debatimos entre salir pitando o prestarle ayuda, pero parece estar entera y el perro no tiene aspecto de querer  auxilio. Aún  con esa imagen desoladora de maltrato, no sabemos si la sangre es del animal y parece una bestia recién salida del inframundo. La chica llega hasta nosotros y no nos ve, únicamente fija su mirada en la escalera, sus ojos están inyectados de rabia y nos apartamos a su paso. Su ropa es oscura, y las rastas ocultan una mandíbula rota que le deforma el rostro, tiene nariz de boxeador y tatuajes en las manos.  Carga al perro en brazos y desciende con rapidez agarrando la escalera con la mano que le queda libre como si hubiera que salir de allí de cualquier manera. No es alguien que pasea por la calle un día cualquiera con su perro, su apariencia, y sobretodo su actitud son siniestras.

Nos miramos sin decir una palabra, creo que no somos capaces de imaginar qué hacía esa chica ahí y en qué circunstancias. ¿Dónde estamos? ¿Qué acaba de suceder?

Es entonces cuando algunos  gritamos, “Oye! Qué pasa? Oyee!” No hay respuesta, ella camina a toda prisa, tirando del perro y mascuyando algo que no entendemos ya por la distancia.

Son las seis y cuarto de la tarde del 13 de Agosto. La música sigue sonando. Me voy a fumar un porro.

Mientras me lo lío, Laura, María y Bego, experimentan una contagiosa crisis de ansiedad, es en esos momentos donde alguien pone cordura, pero no seré yo, estoy alucinando, no sé cómo asimilar el miedo que acabo de pasar, me enciendo mi anestésico y respiro hondo.

Un pensamiento en “Jueves

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