Cuentos sin moraleja

La ardilla.

Érase una vez una linda ardillita, una inquieta y despreocupada habitante de un bosque repleto de animales que recorrían cada sendero, cada arroyo y cada rama.

Una mañana sucedió que la afanosa ardilla se puso a pensar, y decidió cambiar su rumbo e ir a buscar sus provisiones a otro lugar del bosque, uno muy alejado, uno donde el aire era más puro, el agua más viva y transparente e incluso las piñas más grandes y suculentas. Saltaba de rama en rama imaginando ese lugar del que otras criaturas hablaban, allí no tendría nunca hambre, ni sed.

Por fin, y con las patitas doloridas de correr y saltar, llegó a un hermoso prado, un verde manzana invadía su visión, hierba y altos pinos centenarios repletos de piñas le esperaban. Se acercó a beber primero a un río frío y, desde una roca, mojó su hociquito a la vez que unos peces la miraban sorprendidos. De pronto paró de beber, algo le llamaba desde dentro, una voz le susurraba que tal vez no era buena idea quedarse allí. Y la ardillita se sentó a pensar, y se fue todo el día, y toda la noche, y otra vez, por la mañana, la ardillita terminó de pensar. ¿Qué puede haber de malo en un sitio así?…

La primavera corría hacia el verano, y éste caía bajo un montón de hojas secas. El frío no le asustaba a la ardillita, tenía un buen refugio, muchas provisiones y un extenso prado para jugar. El otoño dejó al descubierto muchas cosas además de ramas, todo parecía tan distinto sin aquel verde manto salpicado de flores…., rocas afiladas, charcos helados y zarzas espinosas afloraron llenando el corazón de la pequeña ardillita de añoranza. Recordaba todo lo que solía hacer en el bosquecito repleto donde vivía. Y de nuevo se puso a pensar, quizás después del invierno podría volver, “cuando la nieve se haga río la seguiré hasta mi hogar” 

Más tranquila con su determinación, la ardillita fue a dar un paseo, y se paró a olisquear una flores de invierno que crecían alli. De repente sus patitas comenzaron a penetrar en el barro, el barro no era barro, era lodo pegajoso y muy líquido, enseguida se dió cuenta de lo que estaba ocurriendo y comenzó a chillar.

Chillaba y chillaba, pero en aquel prado no vivían tantas criaturas.

Un cuervo la miró mientras chillaba y le gritó desde lejos: “No te muevas, o te hundirás más rápido!”

Un venado se alzaba altivo a pocos pasos de la ardillita, ella no paraba de gritar, el gran macho la miró y le dijo: ” Es admirable verte luchar por tu vida, me siento orgulloso de convivir con animales como tú.”  Y se fué.

Al fin, ya cuando las fuerzas de la pequeña ardilla se perdían, y con el lodo dejando asomar solamente su cabecita, apareció un zorro, ella no podía dejar de chillar: “!Socorro, socorro, me hundo!!!!” estaba a punto de enterrarse para siempre y tenía mucho miedo. El zorro se acercó y extendió su pata, entonces dió un pequeño salto y pisando la cabeza de la ardilla la enterró para siempre. Después de sacudirse el lodo de la pezuña pensó en voz alta… “No aguanto oír tantas quejas!”….

Y fin.

A squirrel curls up to protect itself from freezing daytime temperatures which have dropped to minus 15 degrees Celsius in Warsaw's central Lazienki Park, on January 31, 2012. AFP PHOTO / JANEK SKARZYNSKI

En memoria de todas las pequeñas ardillitas que lucharon hasta el final.

Cuentos sin moraleja

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